Este monólogo (III, 1, 56-88) al principio parece razonablemente claro, pero al analizarlo se multiplican las dificultades. Los comentadores no se ponen de acuerdo sobre si la frase de Hamlet "Ser o no ser; he ahí la cuestión ... " se refiere al propuesto asesinato de Claudio o a su propio suicidio. Hasta hoy, yo he apoyado esta última interpretación, pero ahora creo que, de algún modo, ambas son válidas, ambas están incluidas desde un punto de vista no fácil de definir. Dejemos el principio hasta después de haber estudiado el resto.

 El pensamiento es enigmático, y sus secuelas desconcertantes, y nuestro análisis no puede evitar la complejidad. Será más fácil de seguir si recordamos el dualismo fundamental de la obra: el de i) introspección, melancolía de muerte y una especie de semivoluntaria pasividad, y ii) gobierno poderoso (el rey), honor marcial (Fortinbrás) y animada normalidad (Laertes). La síntesis parece imposible. No parece haber un camino medio. Nuestro monólogo intenta lograr la síntesis por medio de una fraseología confusa y ambigua. Hamlet considera

 

¿Qué es más levantado para el espíritu:

sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna,

o tomar las armas contra un piélago de calamidades

y, haciéndoles frente acabar con ellas? (III, 1, 57)

 

Los primeros versos sugieren el problema universal del destino trágico del hombre, pero los dos últimos por lo mismo parecen indicar una pugna real: tales imágenes del mar están asociadas en Shakespeare, en otras partes, con el rechazo de una invasión armada." "Tomar las armas" sugiere, por tanto, la idea de una acción hostil, en contraste con la resistencia pasiva, aunque no podemos estar seguros de que el suicidio como respuesta violenta a la fortuna, no pueda estar presente también. Puede aducirse que, como los "golpes y dardos" son metafóricos, también lo es "tomar las armas", y que el "piélago de calamidades" en asociación directa con "fortuna" señala un problema universal que no sería adecuadamente resuelto por la acción directa, por el "suicidio" como corolario inevitable y constitutivo de su significado. La fraseología es al mismo tiempo generalizadora y enigmática, y enigmática precisamente porque incluye cosas incompatibles, ya que la acción hostil es lo opuesto al suicidio; la muerte por mano propia, al menos en función de la vida, es la retirada última y absoluta, y es esta distinción absoluta la que normalmente confunde a Hamlet y a sus semejantes (al pacifista de hoy, por ejemplo), ya que no parece existir un camino intermedio adecuado; y sin embargo, diríase que la mente de Hamlet está pensando un poco por fuera o por encima de esta distinción aparentemente vital. Su fraseología es anormal, y se volverá más anormal aún.

Luego medita sobre la muerte, no necesariamente como resultado del suicidio —puede argüirse que aún no lo ha considerado—, sino puramente como especulación filosófica general; considera cuidadosamente sus posibilidades de paz y de dolor, y pasa explícitamente al suicidio como la solución obvia a los males humanos, si se pudiera estar seguro de dormir sin sueños. Esto forma el cuerpo principal de nuestro monólogo, y es fácil de comprender, pues resulta bastante característico de un protagonista situado a la sombra de la muerte. Pero finalmente volvemos, de la manera más peculiar, al mundo de las bellas acciones: de la meditación sobre la muerte y explícitamente sobre el suicidio —mas sin ningún sentido de contraste— a los valores de Fortinbrás. La fraseología vuelve a ser enigmática. El temor a la vida futura "confunde la voluntad" del suicida en potencia. Esta frase es clara; empero, dado el problema central y constante de Hamlet, no podemos evitar una referencia semiconsciente a la acción en el mundo. Luego oímos decir que la conciencia nos hace "cobardes a todos". Ahora bien, "conciencia" puede significar 1) la conciencia en el sentido moderno, como "el drama es el lazo en que cogeré la conciencia del rey" (II, 2,62), "¡Qué duro latigazo dan a mi conciencia estas palabras!" (III, 1, 50). "No pesan sobre mi conciencia" (V, 2, 58), y "no es un perfecto caso de conciencia" (V, 2, 67). Puede haber un retorno al anterior monólogo sobre el suicidio y su pensamiento acerca de "el Eterno" que "ha fijado su ley contra el suicidio" (I, 2,132). Pero en esta obra se rinden a la conciencia grandes honores (como en I, 5, 87), y resulta dudoso relacionarla con la cobardía. Algunos comentadores leen (ii) "Conciencia" = "excesiva conciencia de sí mismo"; o sea, el error de "reflexionar con excesiva minucia" (IV, 4, 41 ), palabras mismas con que Hamlet contrasta su propia indecisión al valor de Fortinbrás ("cobarde" aparece en ambos contextos). Así, tenemos el suicidio directamente relacionado con el ardor militar de Fortinbrás. ¿Quiere decir Hamlet que si él fuera tan fiel a sus propios anhelos como Fortinbrás a los suyos mataría no a otros sino a sí mismo? ¿O sólo que su conciencia, en el sentido religioso, le prohíbe el suicidio? ¿O las dos cosas? Y entonces las cosas se ponen cada vez peor, pues lo siguiente que sabemos es que por esta falta de valor, "los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento". La imagen (cf. los "desheredados resueltos" de Fortinbrás en I, 1,. 98) contrasta el rostro sano del ardor juvenil con la enfermiza introspección del asceta. Pero este joven de mejillas sonrosadas, ¿qué tiene que ver con el suicidio? Pues se espera que se. él, no el otro, quien se lance en la gran zambullida. Ahora cada verso, mediante cuidadosa graduación, va dirigiendo nuestros pensamientos más y más claramente del suicidio al ideal incompatible de una enérgica acción en el mundo, entre los hombres: "los pálidos toques del pensamiento" coinciden inevitablemente con "reflexionar con excesiva minucia" (IV, 4, 41). y finalmente se nos dice que así es como

 

Las empresas de mayores alientos e importancia,

por esa consideración, tuercen su curso

y dejan de .tener nombre de acción (III, 1,86).

 

Nadie puede suponer que aquí se habla de suicidio. Las "empresas" de marras (cf. Julio César, II, 1, 133), son una palabra usual; claramente son del mismo género que las actividades (llamadas "empresa" en I, 1, 99) de un Fortinbrás (por ejemplo, su invasión de Polonia).

Así pues, tenemos una secuencia de pensamientos anormales que mantiene en solución, por así deeírlo, a los enconados opuestos de nuestra obra. Comienza basada en lo que al menos parece la idea de una acción vigorosa ("tomar las armas", "oponerse"), pasa por la muerte y el suicidio, y de allí vuelve imperceptiblemente, y sin embargo por medio de un creciente rompimiento del equilibrio, a un hincapié final en la acción vigorosa. El pensamiento central es el suicidio. El suicidio .es la fusión obvia —lo mejor que Hamlet puede alcanzar en esta etapa— de los principios opuestos de bella acción y pasividad a la sombra de la muerte, voluntad e inacción, cordura y demencia. Es la pasividad última, el negarse a sí mismo; y sin embargo, al ser un hecho, es una pasividad actuada, vivida, violenta y retadora. Es un salto fria y cuidadosamente planeado a lo irracional, lo dionisiaco, cuyas inmediaciones, mezdadas con los asuntos, crean locura, tragedia y crimen. Es, así, un intento de tomar el. Nirvana por la fuerza, intento innatamente paradójico, que· despierta los temores naturales de que sea una falacia ("Tal vez soñar"). Al menos podemos ver cuán naturalmente el pensar en el suicidio, aquí como en Los poseídos de Dostoievski, puede considerarse como el único acto perfecto del hombre integrado; y también cómo surge naturalmente de un lecho de fraseología paradójica; aunque nosotros, como Hamlet, sospechemos que hay una falacia en un acto tan negativo. Sin embargo, en estos términos podremos encontrar provisionalmente una especie de síntesis entre los valores de un, Hamlet y los de un Fortinbrás: tanto el suicida cuanto el soldado poseen una integración en el límite mismo de la vida y la muerte. Como Fortinbrás, el suicida "le hace mohínes al invisible éxito" exponiendo "lo que es mortal e incierto" (IV, 4, 50) a lo peor que pueda ofrecer la muerte. A través de él, la vida emplea su propia energía para contradecirse; más aún, para contraactuarse. En tales términos, no muy distintos —y sin embargo, ¡qué diferentes, ya que allí hay una meta positiva— de los de Antonio y Cleopatra, nos acercamos a una síntesis de la vida y la muerte.

 Así, la mente de Hamlet, situada cuidadosamente entre tales extremos —podríamos llamarlos los extremos de extroversión y de introversión, de lo masculino y lo femenino— está aquí en un pensamiento plácido y errabundo, a través de sus propios problemas, y entreviendo en sus sueños o, antes bien semicreando, mediante sus frases enigmáticas y sus ideas de suicidio, esa síntesis de sus angustiosos incompatibles. Por una vez estos extremos se desvanecen, son fluidos y corren el uno hacia el otro, Como sueños. Este es un ensueño solitario pero, como el ensueño de Ricardo II en prisión, es un estado creador, cual la poesía. Es un acercamiento. ¿A qué? Podemos aquí intentar una definición del principio.

"Ser" no puede significar simplemente "actuar"; también es seguro que Hamlet no piensa en algo tan simple como “vivir o morir” y nada más. Puede querer decir "existir o no existir después de la muerte", pero ése no es un comienzo apropiado a un monólogo sin duda profundamente arraigado en este pensamiento, pero que contiene otros que tienden a interrumpir la secuencia exigida por tal comienzo; si éste fuera todo su significado, entonces sería un mal principio. Es probable que, de algún modo, estén contenidos todos esos significados. Pero, ¿no podemos encontrar nada más preciso que decir de ellos? Después de todo, se trata probablemente de las palabras más famosas de Shakespeare. Bueno, podemos decir, ¿no sería un principio que sencillamente se le ocurrió a Shakespeare por casualidad y que él, como nosotros, reconoció así, sin profundizar más? Es muy probable que ocurriera algo parecido. Pero lo que hemos de hacer es interpretar no la intención de Shakespeare, sino nuestra sensación de que éste es el principio perfecto del discurso central de la obra más discutida de la literatura universal. ¿No es probable que encierre algún gran pensamiento? Entonces, ¿qué puede significar? ¿Qué debe significar? Dice el filósofo: "Si algo puede ser y debe ser, es".

 Hamlet está aquí en posesión momentánea de su propio universo, analizando esos dos acercamientos a su meta, opuestos entre sí: bella actividad y pasividad, o ambos —si es posible— en uno, de los que principalmente trata la obra, de principio a fin. Y ese objetivo mismo, ¿cuál es? "Ser": es decir, no sólo vivir, actuar, existir, sino realmente ser, ser como persona integrada y plena, no en el moderno sentido psicológico, sino en el sentido nietzscheano. Se nos indica un superestado, un enlace de los elementos gemelos, masculinos y femeninos del alma, por el que la personalidad queda más allá de las antinomias de actividad y pasividad; una poesía vivida que funda lo consciente y lo inconsciente, como el "poder semidormido sobre su propio brazo derecho", de Keats. En este estudio, el hombre ha dejado atrás el temor a la muerte, ya que vida y muerte han dejado de existir como antinomias. Así define Hamlet su problema principal y, desde una altura o una profundidad —disfrutando en una confusión como de sueño ese estado al que aspira— procede  a examinar esos enfoques distintos, a través del tiempo y de la eternidad, que se abren ante él. Su análisis no lo satisface plenamente. La única solución clara que se ofrece, el suicidio, considerado como vía de escape de una vida mala hacia una muerte posiblemente desagradable, resulta bastante dudosa. Después de todo, el estado indicado es una integración casi imposible: el estado de Cristo. Es nada menos que la meta final de la carrera; y precisamente por eso, los primeros versos se repiten como un eco de generación en generación, con una autoridad decisiva.

 

George Wilson Knight, Shakespeare y sus tragedias. La rueda de fuego. Fondo de Cultura Económica.

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