EL QUIJOTE EN LA TRADICIÓN

José María Valverde

 

Caso aparte, de todas maneras, sería el del Quijote, como elemento en nuestra tradición narrativa: ante todo, su mismo autor no lo presentó como novela —que eso sí era, para él, el Persiles—, sino como entretenimiento cómico, parodia de los best-sellers caballerescos del tiempo, una verdadera patochada para los literatos serios como Gracián —no digamos Lope, porque éste, satirizado en el prólogo del Quijote, tuvo sus propias razones para odiarlo—. En Inglaterra fue donde el Quijote se convirtió en arranque de una tradición literaria: la gran novelística que va desde Fielding hasta Dickens y aun hasta Trollope, y eso de múltiples maneras, por su estructura vagabunda, por su creación de un héroe moral, sufrido y asendereado, y, sobre todo, por su tono coloquial con suave parodia de la prosa culta. Pues eso es lo esencial —y lo más difícil de percibir para el lector moderno—: que el Quijote, además de caricaturizar a veces el hinchado estilo de los libros de caballerías, es siempre una más suave caricatura de la prosa renacentista en su fase avanzada, aún no barroca, o sea, la prosa del propio Cervantes en sus obras más convencionales, como la Galatea. Eso es el Quijote, sobre todo: un ejercicio de estilo, de voz, cautivadora para unos, fatigoso para otros: la cuestión está en si se percibe el acento cervantino como situado sobre el contexto histórico del estilo, o no. El Quijote, pues, sólo vale si tiene la caja de resonancia de la tradición, pero si vale, la supera hasta reducida a algo que se justifica sólo con haber hecho posible el Quijote.

Por eso se produjo el lamentable equívoco de que, mientras los ingleses lo tomaban como modelo de humor en la voz narrativa —en el XVIII, la primera edición monumental y la primera edición crítica del Quijote se publicaron en Londres, por supuesto que en el original castellano—, en España se tomaba como modelo tout court, sin ver el chiste, llegándose a proponer en las escuelas, aun en el siglo XX, como modelo de buena prosa, algún trozo de parodia como Apenas había el rubicundo Apolo… y en los novelistas del XIX —Galdós, en especial— el fuerte influjo del Quijote suele ser nefasto, porque consiste en un eco formal de aquel estilo inimitable —una caricatura no se puede imitar. Digamos, con todo, como desagravio parcial, que Galdós, en La desheredada, supo aprovechar muy bien el Quijote como modelo de planteamiento temático, en ataque a una novelística popular —el folletín de intriga romántica—, con «los libros en el libro», pero no lo hizo del todo en cuanto al estilo, en su propio libro, esbozando sólo la parodia de lenguaje en la voz del propio «escribidor», don José Ido del Sagrario.

En el siglo XIX, y por lo que toca a la narrativa, nuestra tradición literaria deja de atenerse a nuestra propia lengua, para encajar en toda una corriente mundial: la novelística, sobre todo en ese siglo, aguanta bastante bien el trauma de la traducción: primero el Walter Scott medievalista, luego Balzac, Dickens, y sus colegas baratos —aún más baratos, diría alguien—, se convierten en tradición inmediata para la narrativa hispana, en buena medida hasta nuestra propia época. Pues no nos engañemos: en España, como en cualquier país, por mucho que se admire oficialmente a Proust, Joyce, etc., el noventa y nueve por ciento de lo que se consume sólo ha modificado el canon balzaquiano en la medida en que el cine y —después y menos— la televisión han aportado alguna novedad formal al sistema. La generación del 98, por lo que toca a la narrativa, quiere romper  con esa tradición —para ellos, sobre todo la del «agarbanzado» don Benito (Pérez Galdós)—, pero cada cual lo hace  por su camino, y por tanto sin fundar a su vez otra tradición narrativa: la óptica lírica de J. Martínez Ruiz «Azorín», el desgalichamiento anarcoide de Baroja, las «nivolas» de Unamuno, los prodigios lingüísticos de Valle Inclán… Entre esa pluralidad anti-novelística, complicada por algunas lecturas foráneas, surgirá y destacará la narrativa hispanoamericana, más apoyada en el relato breve que en la novela propiamente dicha; incluso hasta hoy día, digan lo que quieran los editores. Pero precisamente esta narrativa evidencia muy bien algo que en España no se veía tan claro: que estas formas, aparentemente anti-tradicionales, en realidad eran fruto de otro lado de la tradición, un lado a la vez antiguo y bien renovado: el de la poesía.

(La literatura. Qué era y qué es. Ed. Montesinos)

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